Textos para Pensar

Resentimiento y Amargura

Cuando, en 1985, asesinaron a mi hija Frances yo quedé destrozada. Recibí una llamada telefónica de mi sobrina en Los Ángeles, diciéndome: “Frances está muerta. Le pegaron un tiro.”

No recuerdo haber gritado, pero grité. Me preparé para salir inmediatamente para California; en el avión pensé que sería capaz de matar. Si hubiera tenido un arma y al asesino a mano, es muy probable que lo hubiera matado.

Cuando bajé del avión, pensé, ¿cómo iba a recibir a mi hijo Daniel, que estaba por llegar de Hawai? Daniel era un sargento del ejército, adiestrado para matar…

A la mañana siguiente, cuando llegamos a la comisaría, lo único que nos dijeron fue que mi hija estaba muerta y que todo lo demás no era asunto nuestro. Lamentablemente, fue así durante todos los días que nos quedamos en Los Ángeles. El coordinador de la sección de delitos violentos me dijo que si dentro de cuatro días no habían detenido a nadie, no debería esperar un arresto: “Tenemos demasiados homicidios en este distrito; les dedicamos cuatro días a cada caso.”

Mi hijo Daniel estaba enfurecido. Cuando le dijeron de que la policía no estaba realmente interesada en encontrar al asesino de su hermana, quiso ir a comprar una Uzi y acribillar gente a balazos…

Nadie nos había preparado para lo que vimos cuando fuimos a recoger el automóvil de mi hija. Las balas le habían traspasado la aorta, el corazón y los pulmones; se había ahogado en su propia sangre. Murió el domingo temprano por la mañana. Recogimos el automóvil el martes por la tarde. Apestaba. A Daniel nunca se le quitó ese olor de la mente y tenía una pasión de venganza – que alguien hiciera algo, alguna forma de justicia para su hermana.

Durante los próximos dos años y medio vi a Daniel irse cuesta abajo, y luego me encontré al lado de la tumba de su hermana cuando lo bajaron a él a la suya. Finalmente se había vengado –mediante su propia muerte. Y vi lo que hace el odio: Exige el precio máximo de cuerpo y alma.

Johann Christoph Arnold 

© 2005 Pilar Socorro